miércoles 11 de junio de 2008

Nuevo lanzamiento [trabajo práctico: video]

En la era de lo que Verdú llama "capitalismo de ficción" y Berardi de la "cultura mediática", los valores humanistas y la comprensión racional del mundo son dejados a un lado. Rasgos de lo que Guy Debord describió en su momento como "sociedad del espectáculo" se agudizan y otros más aparecen. La derecha, dice Berardi, "indiferente a los valores de la crítica de la democracia, ha sabido ir al encuentro de la mitologización del campo social y de paso de la esfera discursiva a la esfera imaginaria". Es difícil que los discursos discursen sin mitologizarse, mediatizarse, pero como nada de eso les parece un problema, lo hacen igual.

Sennett afirma que estrategias mercadotécnicas, trampas de seducción, hacen que los discursos políticos sean cada vez más indistinguibles de los que intentan vender productos comerciales. Y el ciudadano, sin brújula en medio de la infósfera, sigue a uno u a otro, según cuál logre diferenciarse mínimamente en el plano imaginario, emotivo, simbólico, sin comprender realmente si hay diferencias entre unos y otros. Acostumbrados a la pronta satisfacción o pseudosatisfacción de los productos en la sociedad de consumo, dejan de intentar entender los problemas para exigir resoluciones inmediatas. Y las buscan simplemente entre lo que ven, no imaginan otras. Como un comprador ante una góndola.

Una propuesta política que quiere venderse, un nuevo partido, entonces, pensará su campaña como se piensa la de un producto, apelando al imaginario, a que asocien su nombre al de algo positivo ("pro"), a un slogan, un adjetivo, una sensación, una pose, una actitud. La lógica publicitaria de los productos penetró también la vida política. Por eso hoy parece tan difícil diferenciar una de la otra, y en el video las imaginamos completamente unidas. Aunque, considerando que las imágenes son reales, habría que pensar cuán lejos de eso estamos. No parece que mucho...

miércoles 28 de mayo de 2008

¿Qué hacer (con el autonomismo)?

Bifo Berardi, en "Generación post-alfa: Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo", parte de la idea de que el capitalismo ha cambiado lo suficiente como para que sea necesario actualizar, adaptar algunas categorías de análisis. Lo cual parece válido, siempre y cuando no se cambien radicalmente algunas categorías básicas, ya que el capitalismo, con sus modificaciones, mutaciones y adaptaciones, sigue estando ahí, y se sigue explicando en buena parte por el mismo ciclo de reproducción del capital de parte de quienes, motivados por la ganancia, explotan a quienes la producen.

El planteo va en la dirección de pensar que el capitalismo, en los últimos años, se ha vuelto "semiocapitalismo", con primacía del llamado "trabajo inmaterial" que produce "bienes inmateriales". "La producción de signos se vuelve el ciclo principal de la economía". Parece una afirmación arriesgada. ¿Cómo colapsaría más rápido el capitalismo? ¿Si se deja de producir en las fábricas o si se deja de subir información a los portales de internet?

Dejando de lado esta duda inicial, aparecen reflexiones interesantes sobre la velocidad de la producción de información vs. la obtención de significado. La industria cultural hoy ofrece tanta "información", sin descriminar lo relevante de lo irrelevante, sin jerarquizar, sin que nadie piense qué vale la pena y qué no, simplemente produciendo hasta la saturación, que desinforma. Quien se detiene e intenta obtener un significado de todo eso está, aunque sea un poco, efectivamente yendo contra la corriente del capitalismo, como dice Berardi.

Pero, siguiendo a McLuhan y a Baudrillard en su "Crítica a la economía política del signo", Berardi dice que una crítica, una significación, es cada vez más difícil, porque en la era audiovisual la lógica y la crítica típicas del lenguaje escrito se pierden. La izquierda y su crítica, entonces, está en un callejón sin salida. ¿Qué hacer, entonces?

Esa misma pregunta se hacía Lenin hace un siglo. Claro que Berardi nada quiere saber con él. En ese sentido había apuntado su intervención desde Radio Alice. Alejada de las consignas más políticas y contrainformativas, Radio Alice consideraba según Berardi que "la partida más importante de los próximos años se jugaría en el terreno de la experimentación lingüística y comunicativa".

Más que la organización y la confrontación se valoraba la autonomía y la creatividad. "Encontrar reglas propias y mutarlas continuamente", "fabricar artesanalmente maquinarias bizarras, que funcionan de una u otra forma, que cortan y cosen, combinan y recombinan" (signos en el imaginario social).

Esta especie de situacionismo es la forma elegida por Berardi para intervenir políticamente, si se quiere. "Activismo mediático" lo denonima él. El mundo se ha massmediatizado y transformado en videoelectrónico, y habrá que intervenir allí porque ésa es la esfera central hoy.

No hay que "juzgar" las consecuencias de esta transformación, hay que entenderlas y desde allí pensar qué hacer. Un chico de formación mediana, dice Berardi, hoy utiliza 650 palabras, frente a las 2000 de antaño. ¿No es esto lo que afecta la potencialidad crítica, el abandono de la lógica, de la razón, que muchas veces vino de la mano de lo escrito, para pasar al más emotivo plano de lo audiovisual, como dijo Berardi más atrás en su texto? Aún así, cree que no hay que juzgar este proceso. ¿Qué hay que hacer entonces? Aceptarlo, primero; intervenir, después.

Parece haber un aire general de conformismo o resignación en Berardi. No se puede luchar contra el poder o contra las desigualdades organizadamente, porque es peligroso abolir las diferencias o las subjetividades entre quienes se quiere organizar, entonces hay que aceptarlas y organizarse autónomoma, ecléctica y mutantemente; el retroceso en el manejo del lenguaje es inevitable, hay que aceptarlo; "la mayor parte del deseo social va precisamente en la misma dirección que el ciclo productivo en red, hacia la participación en el juego que constituye la mente global y no al antagonismo que ya no sirve y ya no produce ninguna perspectiva de alternativas ni de autonomía a largo plazo", también hay que aceptarlo: no sirve de nada retomar las ideologías clásicas ni los antagonismos.

Entonces, sigue apareciendo la pregunta: ¿qué sí sirve? ¿Qué hacer? "Construir subjetividades propias", "autoorganizarse", autonomizarse del sistema, dirá quizás Berardi.

Cierra su capítulo sobre la infósfera con algunas preguntas que parecen ir en el mismo sentido que las nuestras: "¿Cómo construir posibilidades de intercambio que reactiven la ternura, el reconocimiento y la circulación afectiva y discursiva? ¿Cómo construir espacios de trabajo creativo en los pliegues de la vida precarizada?" Pero no da respuestas.

Sugerimos una: dejando de aceptarlo todo, de no juzgarlo, de resignarse ante el estado actual de las cosas, dejar de concentrarse en sólo buscar los pliegues para refugiarse y empezar a discutir y luchar contra la causa de los malestares, esa vida precarizada que menciona Berardi. No hay libertad, no hay autonomía posible, si esa libertad debe ser buscada dentro de las coordenadas existentes, que otros nos ofrecen. Se es libre si no se depende de la imposición de opciones entre las que elegir, de coordenadas, de unos pocos pliegues en donde refugiarse. Menos Alice, más Lenin.

A guisa de exhortación, y resumiendo lo que acabamos de exponer, podemos dar esta escueta respuesta a la pregunta: ¿qué hacer?:

Acabar con la resignación ante el destino.